sábado, 8 de agosto de 2009

Un baño de masas

Se acercan las 10 de la noche. Es la hora. Un silencio aterrador emerge, mis oídos lo sienten, y presienten lo que hay al otro lado de la pared. Mi corazón late cada vez más deprisa, siento los latidos en mi cabeza, quiero pensar en algo, pero tengo la mente en blanco, es la primera vez que hago esto en público, me sudan las manos.

Mis tres compañeros cruzan el pasillo, me dan palmaditas en la espalda a medida que van pasando, es como estaba planeado, yo me quedo en soledad 30 segundos más. Comienza a sonar la música, sólo la música.

Me toca, comienzo a andar, atravieso el pasillo, todo oscuro. Ahora. Los dos focos se encienden de golpe, ante mis ojos 13 vástagos oyentes. El pasotismo se hace patente, me siento Dios, el ritmo de la batería me lleva hasta el escenario, avanzo con timidez, cojo el micrófono, y aprovecho la oscuridad para buscar intimidad, sin vergüenza cierro los ojos y canto.

Cuando a alguien le pregunten por algunos de nuestros conciertos dirán “No sé qué decirte, tampoco les presté mucha atención”, lo que ellos no saben, es que a nosotros también nos la chuparán un rato.

Durante 2 horas y medias nuestro ego alcanza límites insospechables. Nos sentimos cojonudamente bien. Cuando todo termina, no sé el resto, pero a mí me sobrecoge la soledad y el desamparo y me doy cuenta de que fue algo tremendamente agobiante e intimidatorio. Al bajarme del escenario vomito, pido una copa e intento controlar el pulso, sé que quiero repetir pero me siento enfermo, es todo muy contradictorio.



Se acercan las 10 de la noche. Es la hora. Un suave ronroneo emerge, mis oídos lo sienten, y presienten lo que hay al otro lado del túnel de oscuridad. Mi corazón late cada vez más deprisa, siento los latidos en mi cabeza, quiero pensar en algo, pero tengo la mente en blanco, me siento parte de un ritual establecido desde el primer día que hice esto. Me sudan las manos, y eso que cargo con varios años de experiencia.

Mis tres compañeros atraviesan al mismo tiempo el túnel, me dan palmaditas en la espalda a medida que van pasando, es como estaba planeado, yo me quedo en soledad 30 segundos más. El estruendo aumenta, comienza a sonar la música.

Me toca, comienzo a andar, paso el túnel, todo oscuro. Ahora. Los focos se encienden de golpe, estallan mil flashes fotográficos y ante mis ojos 80.000 vástagos oyentes. El griterío se hace ensordecedor, me siento Dios, el ritmo de la batería me lleva hasta el escenario, empiezo a correr, cojo el micrófono, y aprovecho la carrera para llegar, micrófono en mano, hasta el final del escenario y tirarme de rodillas, y ahora sí, con muchas ganas, cierro los ojos y canto.

Cuando a alguien le preguntan por algunos de nuestros conciertos, siempre suelen decir “se me pone la piel de gallina”, lo que ellos no saben, es que a nosotros también.

Durante 2 horas y media nuestro ego alcanza límites insospechables. Nos sentimos cojonudamente bien. Cuando todo termina, no sé el resto, pero a mí me sobrecoge la soledad y el desamparo, deseo que llegue el siguiente concierto, y mientras tanto mi botella de ron me ayuda a digerir mejor la espera…

Intuyo que sería algo así…

2 comentarios:

Menda dijo...

Podemos preguntarle a Bruce, a ver que se siente...

Anónimo dijo...

Tan extraño como bajar a por una barra de pan al dia siguiente de sentir la adrenalina por tus venas por un concierto.

SalU2.

P.