miércoles, 19 de agosto de 2009

Charlot y la voz

La muestra reune unos cien documentos (fotografías de estudio y fragmentos de películas)de Charlot. Sin duda una tentativa ciertamente irresistible. La exposición se celebra en la Iglesia de la Universidad, lo cual es excepcional, porque se puede admirar el contraste de los tiempos pasados en comunión con elementos tan modernos como la filmografía o la fotografía.

Una vez situados(sepan, todos ustedes, que transcurre todo en Santiago de Compostela, ciudad terriblemente bella)les contaré lo allí acaecido.

Nuestro amigo, compañero y personaje de alguna que otra historia aquí contada, Pip, asistió a la exposición. Disfrutó, le gustó mucho, le pareció realmente amena, hasta el momento fatídico.

Pip estaba viendo un fragmento de "Tiempos Modernos" cuando se percata de que el televisor de pantalla plana tiene botón para subir el volumen. Pip, con toda la ingenuidad del mundo se dice -Si no escucho nada- y en un acto de inteligencia, haciendo gala su apabullante agilidad mental le sube el volumen, con la sorpresa añadida de que seguía sin escucharse nada. Todo sucedió muy deprisa, y para cuando quería darse cuenta, Pip ya estaba siendo víctima de la mirada indiscriminada de un "segurata" (uno de esos seres pasotas, a los que revisten de una autoridad ficticia y vana pero que acojonan lo mismo que un policía nacional) que dice:

- Psssssh. No se toca.

A lo que Pip responde con una sonrisa bobalicona.

Pip piensa y piensa y dice y dice que :

- La películas mudas, por mucho que le subas la voz siempre suenan igual...

sábado, 8 de agosto de 2009

Un baño de masas

Se acercan las 10 de la noche. Es la hora. Un silencio aterrador emerge, mis oídos lo sienten, y presienten lo que hay al otro lado de la pared. Mi corazón late cada vez más deprisa, siento los latidos en mi cabeza, quiero pensar en algo, pero tengo la mente en blanco, es la primera vez que hago esto en público, me sudan las manos.

Mis tres compañeros cruzan el pasillo, me dan palmaditas en la espalda a medida que van pasando, es como estaba planeado, yo me quedo en soledad 30 segundos más. Comienza a sonar la música, sólo la música.

Me toca, comienzo a andar, atravieso el pasillo, todo oscuro. Ahora. Los dos focos se encienden de golpe, ante mis ojos 13 vástagos oyentes. El pasotismo se hace patente, me siento Dios, el ritmo de la batería me lleva hasta el escenario, avanzo con timidez, cojo el micrófono, y aprovecho la oscuridad para buscar intimidad, sin vergüenza cierro los ojos y canto.

Cuando a alguien le pregunten por algunos de nuestros conciertos dirán “No sé qué decirte, tampoco les presté mucha atención”, lo que ellos no saben, es que a nosotros también nos la chuparán un rato.

Durante 2 horas y medias nuestro ego alcanza límites insospechables. Nos sentimos cojonudamente bien. Cuando todo termina, no sé el resto, pero a mí me sobrecoge la soledad y el desamparo y me doy cuenta de que fue algo tremendamente agobiante e intimidatorio. Al bajarme del escenario vomito, pido una copa e intento controlar el pulso, sé que quiero repetir pero me siento enfermo, es todo muy contradictorio.



Se acercan las 10 de la noche. Es la hora. Un suave ronroneo emerge, mis oídos lo sienten, y presienten lo que hay al otro lado del túnel de oscuridad. Mi corazón late cada vez más deprisa, siento los latidos en mi cabeza, quiero pensar en algo, pero tengo la mente en blanco, me siento parte de un ritual establecido desde el primer día que hice esto. Me sudan las manos, y eso que cargo con varios años de experiencia.

Mis tres compañeros atraviesan al mismo tiempo el túnel, me dan palmaditas en la espalda a medida que van pasando, es como estaba planeado, yo me quedo en soledad 30 segundos más. El estruendo aumenta, comienza a sonar la música.

Me toca, comienzo a andar, paso el túnel, todo oscuro. Ahora. Los focos se encienden de golpe, estallan mil flashes fotográficos y ante mis ojos 80.000 vástagos oyentes. El griterío se hace ensordecedor, me siento Dios, el ritmo de la batería me lleva hasta el escenario, empiezo a correr, cojo el micrófono, y aprovecho la carrera para llegar, micrófono en mano, hasta el final del escenario y tirarme de rodillas, y ahora sí, con muchas ganas, cierro los ojos y canto.

Cuando a alguien le preguntan por algunos de nuestros conciertos, siempre suelen decir “se me pone la piel de gallina”, lo que ellos no saben, es que a nosotros también.

Durante 2 horas y media nuestro ego alcanza límites insospechables. Nos sentimos cojonudamente bien. Cuando todo termina, no sé el resto, pero a mí me sobrecoge la soledad y el desamparo, deseo que llegue el siguiente concierto, y mientras tanto mi botella de ron me ayuda a digerir mejor la espera…

Intuyo que sería algo así…

sábado, 9 de mayo de 2009

La gota de agua y el grano de arena

En una noche oscura, de una historia incierta, que nadie conoce (excepto un servidor), de un lugar muy remoto, se juntaron, de forma amistosa, un grano de arena y una gota de mar.

El grano habló con la gota, y la arena hizo lo propio con el mar. Hablaron sin parar, toda la noche, que si tú líquida que si yo sólido, que si tú salada que si yo amargo, que si tú mojada que si yo seco, que si tú insignificante que si yo también… Hablaron sin parar, hasta que el sol de la mañanita, invitó, de forma cariñosa, a la luna a dar un paseo por el horizonte. Cuando esto ocurrió, la calma que precedía al día se partió. Comenzaron a llegar las primeras aves, y con ellas el ajetreo propio del mundo animal. El grano de arena y la gota de agua tuvieron que separarse, sin ellos saberlo, hasta el fin de sus días, que serán eternos.

¿Por qué se rompió la armonía? ¿Por qué no se pueden volver a ver esas dos insignificantes existencias?

Quizás, y sólo quizás, porque el destino tiene caminos infinitos para el desencuentro.

Porque así estaba escrito. En dónde se preguntarán algunos, pues evidentemente, en las páginas de esa incierta historia, que nadie conoce (excepto un servidor) y que seguramente nadie escribió.

Pero de lo que sí estoy seguro, es que si de mí dependiese, tanto esa gota como ese grano de arena serían elementos dispares de una misma unidad. Es que no comprendo…

Es, a veces, cuestión de perspectiva personal, el poder encontrarle sentido al infortunio y al azar. Unos días (curiosamente de forma muy azarosa) pienso unas cosas y otros días pienso otras totalmente distintas, caigo pues, de nuevo, en la trampa de las redes de la contradicción, una maraña imprescindible para darle forma a elementos inexplicables de la propia virtud.

Una maraña imprescindible, para entender la realidad.

lunes, 4 de mayo de 2009

Epitafio suicida

Epitafio suicida, retales de vida, en un cementerio de cuatro esquinas. Ahogado en lo presuntuoso dije no, a la sensación, de dejarme llevar.

Saltando muros, esquivando vayas. Alcancé el fulgor de luz, en un brillo sintomático de claridad y lucidez ciega.

Nadé en los más hondos vacíos y me sumergí en la oscuridad de colores. Un surrealismo de ficción me otorgó en pequeñas dosis de realidad un poco de impresionismo ilusorio. Era, como decía, un clavel de ramas y azúcares, muy parecido al papel en blanco de los libros sin letras.

Salió pues, del mundo de los sueños, este disparatado escenario para su disfrute y devoción.

viernes, 1 de mayo de 2009

El cartero de marras

Todos los días laborables del año, Emiliano, un funcionario, cumple con su cometido de forma rigurosa y excepcional. Reparte y recoge la correspondencia a todos los habitantes de los pueblos olvidados de la mano de Dios y de la naturaleza.
Realiza el trayecto a lomos de una vespa amarilla, con cuyo rugido anuncia su llegada a través de las montañas. Un eco fugitivo.

Los paisanos lo reciben con más o menos cariño, pero siempre de forma amistosa. Desciende y asciende por antiguos caminos que le adentran o le sacan de Sierras llenas de sauces, olmos y robles bajo los que poder sestear huyendo de los rigores veraniegos, o bajo los que guarecerse en los días de frío y lluvia. Todo esto forma una nube de vegetación extraordinaria al ojo humano.

Entre pueblo y pueblo, Emiliano hace una paradita, charla con los vecinos, se toma un queso de cabra con pan y reanuda la marcha. Así todos los días laborables del año. Todo igual, e igual que todos los días, ya no como cartero, sino como ser humano deposita una carta en el último buzón, de la última casa, del último pueblo, de la última montaña de todo el itinerario. Una carta que igual que siempre no sería leída:

Querida:

En lo frondoso de la oscuridad de mi mente, no alcanzo a ver más que el escarnio y el castigo que merezco. No llegarán ni el día ni la hora en los que mí arrepentimiento sea suficiente. Sé que pereceré en el más arduo de los infiernos. Me consta que soy persona non grata en tu corazón y en tu alma. Pero, no por todo ello debo resignarme a ser contemplativo, qué menos que solicitar tu perdón y clemencia, qué menos que llorar por ti, en la soledad del cementerio de la angustia, viendo como mis lágrimas caen por los crucifijos, dibujando, al deslizarse, un epitafio que reza “Aquí yace el diablo”.

Una vez hecho este acto tan ritualizado en la vida de Emiliano, arranca la moto y se va ladera abajo. Haciendo penitencia.


Una vez se aseguró de que el cartero hubo desaparecido de su vista, una mujer, vestida con sus trapos, harapos y andrajos, sale de la casa, se dirige con decisión al buzón, introduce la mano y extrae un sobre inmaculadamente blanco. Y como venía haciendo todos los días laborables de los últimos veinte años, prendió fuego a la epístola diciendo - Cuanto más se conoce a los hombres, más se admira a los perros-.

lunes, 20 de abril de 2009

El viaje del 67

Viví mi novela de carretera en el 67. Me pulí el asfalto. Arranqué en Rhode Island y de costa a costa terminé en California, tomando el sol. Atravesé ese gran país con la ayuda de una armónica, un banjo, un Cadillac Calais y whisky, mucho whisky.

Aprendí a tratar con los jodidos yankees (soy europeo), a lamerles el culo, a compartir sus excentricidades y aprendí a amar al dólar. La guita es la guita.

Es obvio que transgredí un par de leyes en un par de estados. Sin ir más lejos en California, más concretamente en Blythe llevé botas de cowboy en público, sin poseer al menos dos vacas, requisito imprescindible para no pasarte la ley por el forro. En Devon, Connecticut, es ilegal andar hacia atrás tras la puesta del sol, obviamente, fue una tentación. Como deduciréis avispados lectores, me persiguió el sheriff de turno. Muy apasionante y americano.

Igualmente esclavicé a un par de miembros de color en una plantación de algodón, los muy desagradecidos se escaparon. Que si libertad, que si igualdad, que si algún día un presidente negro… En fin, perogrulladas.

También paré a comer en Kentucky Fried Chicken. Pollo de calidad.

Después, en un pueblo olvidado de la mano de no se qué resaca, me presentaron a un tal Bob Dylan. Un tanto efebo para mí gusto.

El estado más desconcertante, sin duda, Texas. Se parecía mucho a la España de aquel entonces, mucha misa pero nadie quería sentarse en la silla. Muy raro todo, ya no les dije nada de jugar a la sillita de la reina, allí son muy republicanos, nada de reyes.

Al final de mi viaje, antes de atracar en California, hice una leve parada en Aberdeen, ciudad del condado de Grays Harbor, Washington. Un chivatazo, se rumoreaba que había nacido el mesías underground, un tal Kurt Cobain. Le llevé incienso.

Al final, sólo me quedó clavada la espinita de no conocer ese lugar de vacaciones al que iban todos los americanos. Debía de ser un paraíso. Vietnam. Seguro que era bonito. Le había dado el impulso necesario un tal Eisenhower.

Un buen viaje.

D. Naion.

martes, 14 de abril de 2009

Las cuatro virtudes cardinales

No hay mejor virtud que la de callar cuando toca, saber escuchar, pensar antes de arremeter. No hay pues, mayor virtud que la prudencia vestida con sus mejores trajes. Una prudencia revestida de cautela, moderación y sensatez. Una prudencia que hace siempre gala del buen juicio. Es sin duda la mejor cualidad que uno puede poseer para su buen provecho, ni que decir tiene que si uno busca el bien de su prójimo, no hay mejor distintivo que el de persona justa.

Cualquier pagano grecolatino te diría que la prudencia es una de las cuatro virtudes cardinales que de la mano de la templanza, la justicia y la fortaleza conforman al hombre virtuoso por naturaleza y convencimiento.

Me presentaré a continuación como un hombre carente de las cuatro virtudes cardinales, no carente por completo, pero si en grado sumo.

Por lo general, no soy prudente ¿Por qué? Tengo tendencia a demostrar con excesiva gallardía mi insensatez, ligereza, osadía, temeridad e imprevisión. Es decir, acostumbro a permitir que los que están a mí alrededor sepan lo que estoy pensando.


La fortaleza brilla en mi persona, por su ausencia. No soy débil ni mucho menos, absténganse abusones. Pero sí blando, inconstante y enfermizo. Soy persona decrépita para el trabajo manual.

Templanza, templanza, templanza… Quizás la más ausente de todas estas virtudes. La calentura, el desenfreno, la violencia instantánea y efímera, así como la gula y mi hedonismo corporal hacen que la templanza se vea como una alergia de la cual ya se está vacunado de por vida.

Por último, tenemos la justicia ¡Cuántas maldades se han hecho en nombre de esta señora! Es la única virtud que ansío de verdad, la única que en los días donde en mí aflora la bondad, deseo alcanzar. Es la más subjetiva de todas, y a mi juicio es la única con la que se nace. Uno puede, con el tiempo hacerse más o menos justo, pero uno emanará justicia si nace con ella.

Mi nombre es Sr. Naion. Soy Presidente del Mundo ¿Para qué coño quiero ser un virtuoso?